Otelo, el moro de Venecia. La tragedia de Romeo y Julieta

Otelo, el moro de Venecia. La tragedia de Romeo y Julieta

Tiempo de letras. Literatura I

Tiempo de letras. Literatura I

Perlas del teatro mexicano del siglo XIX. Contigo, pan y cebolla. A ninguna de las tres

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El siglo XIX fue una accidentada etapa de la historia mexicana; un periodo en que después de la independencia de España, el sector criollo triunfante se dio a la tarea de dar al nuevo país un rostro propio. Particularmente, intelectuales y escritores trabajaron por moldear una literatura propia, que se alejara de la influencia española; sin embargo, las diferencias entre los liberales, que se inclinaron por los clásicos y emularon la creación neoclásica francesa del siglo XVIII, y los conservadores, que trataron de continuar con las tendencias del Costumbrismo español, dificultaron el nacimiento de la buscada identidad.
Aun antes del auténtico despegue de las letras mexicanas de mediados de siglo y poco después de la aparición de Joaquín Fernández de Lizardi con la primera novela americana: El periquillo sarniento, en 1816, la escena literaria mexicana fue ocupada por dos escritores que quizá no han tenido debido reconocimiento: Manuel María de Gorostiza y Cepeda, nacido en Veracruz, en el todavía Virreinato de Nueva España, en 1789, y Fernando Calderón y Beltrán, nacido en el Reino de la Nueva Galicia, en lo que hoy es Guadalajara, en 1809.
Contigo, pan y cebolla, la obra del primero, es una ingeniosa farsa, al estilo de las piezas de Moliѐre —del Neoclásico francés—, que pone en juego burlón las costumbres sociales de entonces: el complot, la parodia al amor conflictuado y la oposición y trueque de los valores imperantes en la vida cotidiana de la época.
A ninguna de las tres, del segundo, es una comedia en dos actos, versificada, estrenada en 1841 en el Teatro Principal de la Ciudad de México. En esta comedia, las protagonistas femeninas representan a las clases sociales que se sentían superiores por tomar como molde de vida el gusto por lo clásico y lo extranjero y el desdén por las costumbres locales. Su exagerada y ostentosa conducta desvela, sin embargo, los vacíos de su existencia y el disfraz de los vicios que al final, como el título de la obra lo anticipa, acaban por sentenciarlas.
Si bien las influencias externas eran comprensibles, estas piezas son perlas del teatro mexicano del siglo XIX porque fueron de las primeras obras que intentaron la independencia de la dramaturgia y poesía mexicanas.
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